Hace tiempo la gente le decía la caja negra, pero el día de hoy tiene integrado Babel. Sabrás el significado de la palabra “Babel”, pero en dado caso que no lo sepas ahí va una pequeña explicación.
Se refiere a lo inmenso que pueden llegar a ser las cosas y como estas al ser tan masivas no puedes manejarlas provocando que te lleven lugares que te pueden perjudicar o beneficiar, pero la mayoría de las veces sucede lo primero. De la misma forma que la caja negra de Babel se convirtió en el día de hoy.
Solo que en vez de tomar como una torre de Babel, se volvió en la biblioteca de Babel, cada parámetro lo hacía más potente. Pero más difícil de comprender y se llego al punto en el que si una persona entendiera 10 parámetros perfectamente salían 100,000 parámetros más y esta diferencia se fue pronunciando.
Hasta el punto de que ya no se pudieran comprender los parámetros porque son una gran cantidad abismal y ridículamente inimaginable. Que incluso para un gugólogo tendría miedo, pero el ser humano busco la forma de enfrentar esto y fue considerarlo magia.
Porque si lo intentabas comprender era la vía rápida para perder la cabeza y desde ese entonces se llama la caja negra de Babel y seguía así por el resto de la eternidad.
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Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: «¿Qué horas son, Ireneo?». Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: «Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco». La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.



