Diana acababa de graduarse de enfermería. Su familia estaba orgullosa, y ella, aunque emocionada, sentía la presión de encontrar un trabajo lo antes posible. No tenía muchas conexiones ni experiencia, pero revisaba constantemente los tablones de anuncios en el metro, esperando encontrar algo acorde a su profesión. Fue en la estación Ermita donde vio el papel amarillento pegado con cinta desgastada:

SE SOLICITA ENFERMERA Cuidado de anciana en casa particular Ubicación: Tlalpan, zona boscosa Horario: Nocturno Sueldo: Excelente

El número de contacto estaba garabateado en tinta negra. La paga era llamativa, y aunque el horario no le convencía del todo, necesitaba el dinero. Marcó sin pensarlo dos veces.

—¿Sí? —respondió una voz áspera al otro lado.

Diana aclaró la garganta. —Llamo por el anuncio de enfermera.

Hubo un silencio prolongado. Luego, la voz habló con tono grave: —La esperamos hoy a las 8 de la noche. No falte.

Antes de que pudiera preguntar algo más, la llamada se cortó. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero lo atribuyó a los nervios. Se convenció a sí misma de que era una gran oportunidad y se preparó para la noche.

A las 7:30 pm, Diana tomó un taxi rumbo a la dirección indicada. El trayecto la llevó a una zona solitaria de Tlalpan, donde los árboles creaban sombras largas bajo la luz de la luna. El chofer la miró con extrañeza cuando le dijo la dirección.

—¿Está segura? Hace años que nadie vive ahí —dijo sin ocultar su inquietud.

Diana sintió un nudo en el estómago, pero no podía echarse para atrás. Bajó frente a la casona: una estructura decrépita con muros cubiertos de moho y ventanas selladas con tablas. Tocó el timbre oxidado, y tras unos segundos, la puerta se abrió sola con un chirrido.

Entró con cautela. Un pasillo largo se extendía ante ella, iluminado solo por velas. El aire olía a humedad y carne podrida. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se cerró de golpe tras ella.

—Bienvenida —dijo una voz gutural.

Diana giró sobresaltada. Frente a ella estaba una mujer delgada, de cabello blanco y piel arrugada como pergamino. Sus ojos eran pozos oscuros.

—Soy la señora Gómez. Me alegra que haya venido —sus labios se curvaron en una sonrisa enfermiza.

Diana tragó saliva y asintió. Se dijo a sí misma que solo era una anciana excéntrica.

—Sígame —ordenó la mujer, avanzando con pasos ligeros y silenciosos.

La llevó a una habitación donde, en una cama, yacía un bulto inmóvil bajo una sábana amarillenta. Diana se acercó con cautela y destapó el rostro de la anciana. Lo que vio la paralizó: la piel estaba seca y quebradiza, los labios cuarteados y los ojos abiertos, sin vida. Parecía un cadáver.

Diana se giró horrorizada, pero la señora Gómez ya no estaba. Solo el silencio absoluto.

Entonces, la “anciana” en la cama gimió. Sus labios se abrieron con un crujido y de su boca brotó un susurro gutural:

—No debiste venir.

Diana gritó y retrocedió tambaleándose. La cosa en la cama empezó a moverse de forma antinatural, los huesos chasqueando como si fueran ramas secas.

Corrió hacia la puerta, pero estaba cerrada. Golpeó con desesperación. Detrás de ella, el sonido de huesos deslizándose contra el colchón le heló la sangre. Se giró justo a tiempo para ver cómo la cosa se incorporaba, sus extremidades alargándose grotescamente.

—Tienes que quedarte —dijo con una voz cavernosa.

Diana forcejeó con la manija, pero estaba atascada. Sintió una mano fría rozarle la nuca y el pánico la hizo soltar un alarido. De pronto, la puerta se abrió de golpe y ella cayó al suelo del pasillo. Se levantó rápidamente y corrió sin mirar atrás.

La casa parecía haber cambiado. Los pasillos eran más largos y oscuros, los muros latían como si fueran de carne viva. Escuchaba susurros en todas direcciones.

—No la dejes escapar…

—Quédatela…

—Que sea nuestra…

Diana alcanzó la escalera y la descendió torpemente, sintiendo que algo se arrastraba tras ella. Llegó a la puerta principal y giró la perilla frenéticamente, pero no se movió.

Detrás de ella, el sonido de pasos múltiples se acercaba. Eran lentos y secos, como huesos golpeando el suelo.

—Tienes que quedarte… —murmuraron voces al unísono.

Diana empezó a golpear la puerta con todas sus fuerzas. Justo cuando sintió unas manos huesudas rozarle los hombros, la puerta se abrió y ella cayó al frío pasto del exterior.

La luna iluminaba la casona, ahora totalmente en ruinas. No había señales de velas, ni de la señora Gómez, ni de la cosa en la cama.

El mundo se volvió un borrón. Lo siguiente que sintió fue el frío del suelo de un hospital y las voces de los paramédicos.

Diana sobrevivió, pero no volvió a ser la misma. No podía hablar, ni moverse. Su cuerpo estaba paralizado por el terror. Los médicos no encontraron explicación. Su mente seguía atrapada en aquella casa, escuchando los susurros de las sombras.

Y en las noches de luna llena, su habitación hospitalaria se llenaba con el eco de una voz gutural susurrando en su oído:

—Tienes que quedarte…