La tendencia actual de censurar, reescribir o “suavizar” el contenido para evitar la ofensa parte de una premisa arrogante y peligrosa: la convicción de que el público es una masa infantil, incapaz de distinguir la sátira de la realidad o un chiste de una apología. Intentar prohibir o alterar una obra bajo el pretexto de la protección es, en el fondo, un insulto directo a la inteligencia de quien la recibe, a quien se le niega sistemáticamente su autonomía intelectual.
Bajo este paternalismo cultural, nos dirigimos hacia un mundo donde solo se permite aquello que no perturba, reduciendo la cultura a una “canción de cuna” perpetua. Es una dieta constante de puré insípido; un entretenimiento blando, a prueba de niños y sin sabor, que subestima nuestra capacidad para procesar la complejidad de la vida. Al filtrar el mundo para que nadie se sienta herido, olvidamos que aquellos a quienes las palabras pueden molestar jamás estarán a salvo de los eventos reales. No se puede higienizar el arte para proteger a la gente de una realidad que seguirá existiendo fuera de la pantalla o del escenario.
La libertad de expresión no es un derecho a decir únicamente cosas agradables; sin la capacidad de incomodar, sencillamente deja de existir. Si nos dedicamos a reescribir lo “incorrecto”, estamos matando la esencia misma del pensamiento crítico, porque la libertad es, precisamente, el derecho a decir aquello que muchos no quieren oír. Cuando eliminamos la fricción y el conflicto en el discurso, eliminamos también la oportunidad de aprender y evolucionar.
Por tanto, la respuesta no debe ser la censura, sino la exigencia de respeto hacia el espectador. Debemos reivindicar el derecho a ser desafiados, a ser ofendidos y a ser tratados como adultos pensantes y razonables. El hecho de que alguien se sienta ofendido no le otorga automáticamente la razón, ni le da el derecho a decidir qué es lo que los demás somos capaces de discernir. Al final, un mundo sin ofensas es un mundo sin verdades, y una sociedad que teme a sus propios chistes es una sociedad que ha renunciado a su propia inteligencia

