Bambi nació en un mundo de mierda. Desde que abrió los ojos, supo que la vida no era bonita ni justa. Su madre intentó protegerlo, pero no puedes proteger a nadie en un mundo donde los más fuertes hacen lo que quieren y los débiles sólo esperan su turno para morir.
Desde siempre escuchó historias sobre el Hombre. Un hijo de puta sin garras ni colmillos, pero con una magia oscura que mataba a distancia. Un día, el aire cambió. Olía a metal caliente, a muerte.
—¡Corre, Bambi! —gritó su madre.
Pero él no corrió lo suficiente.
PUM.
El disparo tronó como un putazo de Dios. Su madre cayó, su aliento escapando en un último jadeo. La nieve se tiñó de rojo. Su mirada se apagó.
Y algo dentro de Bambi murió con ella.
Años después…
Bambi creció. Su cuerpo se hizo fuerte. Su mirada, fría. Sus cuernos, armas. Ya no era un cervatillo. Era una máquina de matar con pezuñas.
Falina era lo único bueno en su existencia podrida. Pero la felicidad nunca dura.
Ronno, un venado pendejo que se creía el rey, quiso quitársela.
—Falina es mía —gruñó.
Bambi no contestó.
Sólo mató.
Embistió con la fuerza de una bestia desatada. Sus astas desgarraron la piel de Ronno, rompiendo costillas, perforando órganos. Lo azotó contra una roca, y cuando su cráneo se partió como una puta sandía, Bambi sintió una satisfacción oscura.
Ronno quedó ahí, temblando en un charco de su propia sangre.
Bambi lo miró morir. Y no sintió ni madres.
Pero entonces, el bosque explotó en llamas.
Los cazadores habían vuelto.
Fuego. Disparos. Animales corriendo.
Bambi buscó a Falina.
La encontró atrapada en el infierno.
—¡Bambi! —gritó ella.
Intentó alcanzarla, pero el fuego rugía entre ellos. El humo llenó el aire. Su piel se quemó. Sus gritos se cortaron.
Cuando el fuego se disipó, no quedaba nada de ella.
Y algo dentro de Bambi se rompió para siempre.
La Venganza
Los rastreó. Siguió su olor. El hedor a sangre, pólvora y carne humana.
Llegó al pueblo.
Un nido de ratas. Gente borracha, riendo, contando historias sobre cómo “se habían chingado unos cuantos venados hoy”.
Bambi los observó desde la oscuridad.
Y atacó.
El primer cabrón ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Bambi embistió con tal fuerza que lo partió en dos contra una pared. Sus tripas quedaron esparcidas en la nieve.
El segundo intentó correr. Le hundió las astas en la espalda y lo levantó como si fuera un muñeco de trapo.
Las cabañas de paja y madera eran un maldito regalo. Bambi sabía que el fuego lo consumía todo.
El muy cabrón olió los barriles de aceite junto a la taberna. Los tiró con una patada. El líquido negro se esparció por el suelo.
A lo lejos, vio una antorcha.
Un aldeano la llevaba en la mano, iluminando el camino.
Bambi corrió hacia él. De una embestida, lo hizo volar por los aires. La antorcha cayó… justo en el charco de aceite.
El pueblo entero se convirtió en un maldito infierno.
Las llamas se extendieron. Las casas crujieron.
Los aldeanos gritaban. Algunos ardieron vivos, otros intentaron huir. Bambi no se los permitió.
Uno intentó trepar por una ventana. Bambi lo alcanzó y lo empujó de regreso al fuego.
Una mujer tropezó, sus ropas en llamas. Pateó su cabeza hasta que dejó de moverse.
Los niños lloraban. No los perdonó.
Un aldeano intentó dispararle. Lo pisoteó hasta que su cráneo fue polvo.
La sangre empapó la tierra. El humo llenó el cielo. El fuego consumió todo.
Cuando el último aldeano dejó de respirar, Bambi subió a la colina y observó su obra.
El bosque había muerto. Su madre había muerto. Falina había muerto.
Y ahora, este pueblo de mierda ardía como debía haber ardido el infierno.
Pero en su corazón… no había paz.
Nunca la habría.
Bambi había matado a todos. Y aún quería más.
Ni Tarantino hace tanto revisionismo cruento